perfeccionismo

Las tres emociones que dirigen el perfeccionismo

Hoy en día se nos exige estar en todo, a todo, por todo y para todos. Y tiene que ser perfecto porque si no, las críticas a las que nos enfrentaremos serán enormes. O eso creemos.

Muchos de nosotros hemos oído aquello de “si quieres que salgan bien las cosas, hazlas tú mismo”. Esta sencilla frase, cargada de toda la razón del mundo para algunos, ha modelado el carácter de muchas generaciones a lo largo de los siglos. Es más, hoy en día, en un mundo hiperconectado, si no muestras la perfección te arriesgas a las críticas más feroces, opiniones de todo tipo y de toda clase de personas.

Aquellas personas que son perfeccionistas o se definen como tal, suelen ser muy eficaces y orientadas a resultados, a la vez que les motiva la seguridad. Se esfuerzan por conseguir la máxima nota sin importar el tipo de proyecto o tarea a realizar. Es el tipo persona en la que se mantiene al tanto de todo y lo tiene todo bajo control.

Perfeccionismo, ¿fortaleza o debilidad?

El perfeccionismo, en su forma más simple, establece expectativas extremadamente altas y poco realistas para uno mismo. Es la incapacidad de aceptar el fracaso, de no aceptar la incertidumbre. Es una respuesta demasiado crítica a cometer incluso el más mínimo error, por irrelevante que este sea. Nunca celebra tus éxitos. Solo se reconoce en los logros obtenidos, es decir, en lo que dicen los demás de los resultados de su trabajo, pero, aun así, el perfeccionismo les impide disfrutar ese reconocimiento pues piensan “siempre se puede mejorar”.

Es la incapacidad de decir no y a la misma vez sentirse obligado a ser el/la mejor (la mejor hermana, hija, estudiante, compañera, colaboradora, jefa, etc.).

En esencia, el perfeccionismo es un mecanismo de evitación. Su función es mantenerte alerta para evitar el fracaso, ineficiencia o el sentimiento de inutilidad, es decir, mantiene a raya las emociones asociadas y evita que tengas que pensar en ellas porque causan dolor. Y lo hace a base de más trabajo, responsabilidades, actividades. El perfeccionismo tiene la intención positiva de superar retos que nos permiten lograr un ascenso, reconocimiento público, pero lamentablemente, las emociones que no son reconocidas y gestionadas eficientemente, saldrán a la luz más pronto que tarde y de una manera muy desagradable.

Las emociones que trata de ocultar el perfeccionismo son varias, pero destacaremos tres:

Vergüenza

Afrontémoslo, cada vez que no conseguimos una valoración positiva de algún trabajo que hemos realizado y nos han llamado la atención sobre esos errores, hemos sentido vergüenza. Es la emoción que surge cuando valoramos nuestras acciones como negativas, que estamos haciendo algo mal y que eso va a llevar a los demás a hacer juicios negativos sobre nosotros. Para evitarlo, el perfeccionista esquiva esta amenaza haciendo un trabajo, gestión, tarea impecable y sus superiores, en su buena pero errónea visión, validarán este trabajo con comentarios positivos. Estos comentarios reforzarán su autoestima solo de manera temporal, hasta el siguiente proyecto.

Culpa

Por lo general, un perfeccionista teme sentirse culpable si no se esfuerza al 100% todo el tiempo, en todas circunstancias.  Es la sensación de que “podría haberse hecho más”. Actos como la supervisión constante ante la delegación de tareas, hace que el perfeccionista, si ocupa puestos de jefatura, lo haga a través de la microgestión. Todo tiene que validarlo él/ella antes de su salida, de la fecha de entrega. Delegar le incomoda.

La culpa también se expresa por la incompatibilidad entre entregar o cerrar un proyecto a tiempo y no disponer de tiempo libre para estar con los tuyos o hacer actividades que te gustan. La culpa es un sentimiento muy complejo y poderoso si le dejamos que extienda sus raíces.

Ansiedad

La ansiedad se manifiesta cuando se cree que si el trabajo no sale perfecto van a ser castigados. Si hablamos del lugar de trabajo, la ansiedad que se siente ante la posibilidad de ser despedido, de perder la “confianza del jefe” o “la reputación entre compañeros” se manifestaría con más trabajo, más reuniones, más proyectos. Haciendo que el ciclo se perpetúe en un interminable nudo gordiano.

Tomar conciencia de cómo nos hablamos en nuestro día a día y en situaciones estresantes-como las que surgen en el lugar de trabajo-, pregúntate:

¿Cuánta presión estoy ejerciendo sobre mi mismo?, ¿Me comparo constantemente con los demás?, ¿Puedo responder honestamente a si este trabajo puedo hacerlo sin problemas o sería más eficiente que lo hiciera otra persona?

La autoindagación permitiría ir desentrañando por qué es tan importante para ti ser siempre la mejor de las mejores y qué supondría tener expectativas más razonables. Qué sucedería si delegases más. Cómo te sentirías.

Como hemos visto, la perfección conlleva a la destrucción de nuestra autoestima, nuestro autoconcepto, autoeficacia y nos aleja de nuestra autorrealización como personas. Dejar ir el perfeccionismo significa conocer las emociones asociadas y trabajarlas desde su reconocimiento, reflexionar sobre lo que significan, aprender a gestionarlas e iniciar el cambio hacia la excelencia.

Un profesional excelente difiere de uno perfecto en que, el primero, sabe que puede errar y usa ese conocimiento para mejorar en la siguiente ocasión a través del aprendizaje continuo. Para que este cambio se produzca, conocer cuál es tu comunicación intrapersonal, reconocer y conocer tus emociones, te permitirán iniciar el camino hacia un profesional excelente, no perfecto.

Los mentores ayudamos a nuestros mentees a que identifiquen y comprendan qué emociones hay detrás del perfeccionismo y guiamos al mentee en su camino hacia la excelencia.

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